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  • rocioabellalevita

Una oportunidad de encuentro.

Es muy común que muchas personas comiencen a sentir tristeza en estos tiempos por estar aislados y por esta nueva realidad que se impone. Esta emoción si perdura en el tiempo puede convertirse por ejemplo en un estado depresivo por esta razón es importante que estemos conectados con nuestras emociones para poder identificarlas a tiempo y así tener la posibilidad de gestionarlas para nuestro propio bienestar. El cambio radical de la rutina cotidiana, el estar asilados físicamente de los otros, la pausa al mundo que con tanto esfuerzo cada uno fue construyendo a lo largo de los años genera con mucha frecuencia una sensación de pérdida de sentido y del propio valor. También sucede que el hecho de estar encerrados nos lleva a confrontarnos con nosotros mismos y mirarnos al espejo. Este encuentro con todas nuestras partes durante la cotidianidad al estar tan distraídos haciendo millones de cosas en tan solo veinticuatro horas queda totalmente a un lado. Ahora, sin embargo, nos encontramos quietos y es en esa quietud donde tenemos la posibilidad de conocernos más, de empezar a preguntarnos por aquello que nos ocultábamos a nosotros mismos. Es una oportunidad para dejar de jugar a las escondidas y así finalmente encontrarnos, descubrirnos y tal vez recordarnos. Nos pasamos la vida buscando las respuestas en el afuera cuando las mismas siempre habitaron en nuestro interior. Al hacerlo, el primer paso es la aceptación. Aceptar lo que encuentres, ya sean tus partes luminosas o tus partes sombrías y así en un segundo paso preguntarse que hacer con aquello que te habita y no veías hasta el momento. Es un tiempo que nos lleva inevitablemente a la introspección. El cómo transitamos ese camino hacia el adentro es elección propia. Al finalizar este tiempo podremos encontrarnos completamente florecidos.


"-Tenía que esperar más de veinte días sobre el barco. Eran meses que llevaba esperando llegar al puerto y gozar de la primavera en tierra. Hubo una epidemia. En Port April nos prohibieron bajar. Los primeros días fueron duros. Me sentía como tú. Luego empecé a reflexionar. Sabía que tras veintiún días se crea una costumbre, y en vez de lamentarme y crear costumbres desastrosas, empecé a portarme de manera diferente a los demás. Reflexioné sobre aquellos que tienen muchas privaciones y una vida miserable. Empecé con el alimento. Me impuse comer la mitad de cuanto comía, luego empecé a seleccionar los alimentos más digeribles. El paso siguiente fue unir a esto una depuración de pensamientos malsanos y tener cada vez más ideas elevadas y nobles. Me impuse leer al menos una página cada día de un tema que no conocía. Me impuse hacer ejercicios sobre el puente del barco. Un viejo hindú me había dicho años antes que el cuerpo se potenciaba reteniendo el aliento. Me impuse hacer profundas respiraciones completas cada mañana. Mis pulmones nunca habían llegado a tal capacidad. La tarde era la hora de las oraciones, la hora de dar las gracias por no haberme dado como destino privaciones serias durante toda mi vida. El hindú me había aconsejado también adquirir la costumbre de imaginar la luz entrar en mí y hacerme fuerte. Podía funcionar también para la gente querida que estaba lejos y así esta práctica también la integré en mi rutina diaria sobre el barco. En vez de pensar en todo lo que no podía hacer, pensaba en lo que habría hecho una vez bajado a tierra. Visualizaba las escenas cada día, las vivía intensamente y gozaba de la espera. Todo lo que podemos obtener enseguida, nunca es interesante. La espera sirve para sublimar el deseo y hacerlo más poderoso. Me había privado de alimentos suculentos, de botellas de ron (…) ¡Pensar solo en lo que me habían quitado! -¿Cómo acabó, capitán? -Adquirí todas aquellas costumbres nuevas. Me dejaron bajar después de mucho más tiempo del previsto. -¿Lo privaron de la primavera, entonces? -Sí, aquel año me privaron de la primavera, y de mucho más, pero yo había florecido. Me llevé la primavera dentro y nadie nunca pudo quitármela." Alessandro Frezza

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